Veranillo de san Juan
Llega con rostro de sorpresa, en los días aledaños a la fiesta de San Juan. Como es junio la época lluviosa ya ha instalado sus todos grises, y la brisa trae, a ráfagas, el vaho de la tierra humedecida.
Después de la época seca “verano” grande y ocre, la presencia del agua es un gozo refrescante. Cae desnuda, como un ángel que rodara de los celestes predios.
A veces arriba con el alba; otras cuando ya media el día y el aire caldeado tiembla, estallante de chicharras. Las gentes le conocen al paso y le esperan siempre, “es su tiempo” dicen y ven sin asombros la clara imagen cotidiana.
Y he aquí que de pronto aparece el “veranillo”. Los ojos habituados ya al cielo de lluvias, se levantan una mañana para encontrarlo todo translucido como un mar recién hecho, sin olas ni barcas, ni orillas, y se preguntan el suceso como cosa de milagro.
Mientras el “veranillo” anda absorto en su faena; a manera de un pequeño diciembre barre las últimas nubes, suelta las amarras del viento, pule estrellas y cuelga sobre la noche una luna redonda e ingenua, que hace pensar en la luna de la infancia, aquella luna familiar que intervenía en los diálogos y giraba con nosotros en la rueda rueda.
La otra época seca, la verdadera tiene el perfil bien tallado y cumplido de lo que se logra sin apresuramientos. Pero este que digo el de san Juan, disminuido hasta en el nombre, se hace querer. Será por lo que hay en el de rapazuelo asomado al ribete de una tapia, o por su inesperada alegría, repentina y fugaz como el vuelo de los gorriones o quizá por su belleza que no es obra de artesanía sino hallazgo de inesperado y causa de maravilla, ciertamente, lo que anda tocando de misterio.
Cuando poco después recobra la época lluviosa su hebra de cristal, la memoria del “veranillo” queda inmóvil y luminosa como una estatua de oro en medio de un torrente que huye. Se busca la imagen que entregue plenitud de júbilo y hay que regresar a su semblanza: “tiene el aire diáfano de un veranillo de San Juan” y más alta loa no ha de encontrarse, no que mejor diga de excelencias y encantos. Y nada como sus gracias para el cotejo de la gallardía y la pulsación de los buenos hechos.
Así de crecida va en él el la hermosura, y así de cabal es su donaire. De ellos dan razón, la fuga multicolor de las mariposas y la lumbrarada espléndida de los luceros.
Extraido de La Nación 18 de junio de 1952, sin autor.
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